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HISTORIAS DE MOTEROS

Robó, regentó puticlubs y vendió su sangre por las motos: la vida de El Nani

Fue la gran promesa del motociclismo, máximo rival de Ángel Nieto. Pero un accidente le impidió triunfar.

Ahora, a sus 67 años, El Nani mantiene una obsesión: ser el primer piloto de la historia que compite en todas las categorías del Mundial. Sólo le falta el sidecar.

Lo primero que hizo el Nani al despertarse en un hospital de Zaragoza repleto de monjas fue cagarse en Dios. Después explicó a su familia que había visto la luz al final del túnel y que había dado media vuelta para regresar al mundo de los vivos. Se acababa de dejar el bazo en una curva camino de Calatayud y la oportunidad de seguir corriendo el Mundial de 1973.

Aquel fue su primer gran tropiezo y le costó seis temporadas fuera del motociclismo. Hoy Fernando González de Nicolás tiene 67 años, una cicatriz que le abrocha de este a oeste las dos mitades de su cuerpo y la convicción de que se puede vivir con una prótesis de titanio, un solo riñón, un hígado remendado, una fibrosis pulmonar a cuestas y un corazón más grande de los normal, pero no sabría cómo enfrentarse a que el traumatólogo le extirpara las dos ruedas.

«Le sobraba talento y era valiente, si no hubiera tenido ese accidente su carrera hubiera sido distinta porque la Federación le tenía ya preparada una moto oficial», asegura hoy Ángel Nieto, el 13 veces campeón del mundo.

En los últimos 50 años, El Nani ha hecho todo lo que ha estado en su mano para poder subirse a una motocicleta. Fue mecánico, antenista en una empresa de Matías Prats, repartidor de fotocopias, vendedor de vaqueros, quiso emigrar a Alemania, regentó un negocio de fundición de estaño, hizo el turno de noche en un taxi, representó a Peugeot, montó dos clubes de alterne, condujo un camión,atracó un banco en el barrio de Salamanca y donó sangre a cambio de un puñado de billetes para comprarle piezas a su Bultaco Metralla. Lo confiesa sin tapujos: está enganchado a la moto y en su barrio saben que hay drogas caras, pero ninguna lo es tanto como la velocidad.

Por eso El Nani todavía se levanta pensando en cómo carajo va a financiar su próximo reto: ser el primer hombre del mundo en correr en todas las categorías que han existido en la historia del campeonato del mundo de velocidad. Ya corrió en 50, 80, 125, 250, 350, 500 y 750cc y sólo le resta completar un gran premio con el sidecar.

Ese récord Guiness es una obsesión que le persigue desde hace más de 20 años. Iba a correr en el Gran Premio de Yugoslavia 91, pero el estallido del conflicto balcánico le hizo desistir; se reanudó el campeonato en Jerez, pero después de un largo viaje desde Suiza su copiloto le había dejado tirado para enrolarse en otro equipo; en los dos mil estaba tan convencido de que conseguiría su proeza que vendió el piso que guardaba para disfrutar de su jubilación e invirtió las ganancias en mejorar su máquina; en Albacete se clasificó para la carrera, pero le acabaron descalificando por un error en el cronometraje; en Aragón se entrenó bien, pero le dijeron que las motos con más de ocho años no podían correr; en Valencia se ganó su plaza en los entrenamientos y cuando estaba a punto de salir le llegó un comunicado de la Federación que prohibía a los pilotos mayores de 55 años tomar la salida. Aquel día El Nani no pudo más, buscó al director de carrera holandés entre el gentío y lo tumbó de un gancho en mitad de la pista. A pesar de todo, es optimista y está convencido de que la próxima vez será capaz de correr más rápido que su legendaria mala suerte:

-Que no quepa la menor duda de que volveré a intentarlo-, advierte.

Sin embargo, la larga recuperación de su triple intervención de cadera y una angina de pecho que amagó un infarto le tienen un tanto cabizbajo. Cuesta creer que el sexagenario que cada mañana aprieta los dientes mientras hace sus ejercicios de rehabilitación con el andador sea al mismo que hace poco tomaba rectas a más de 200. «El cuerpo me está pasando todas las facturas ahora», dice.

¿No será que después de tanto tiempo queriendo ser un campeón uno puede llegar a convertirse en un vulgar jubilado? La duda le corroe y, algunos días, cuando el Nani se mira al espejo y el cristal del baño le rebota la imagen de un hombre ajado piensa que cada vez es más difícil no hacer caso a los que llevan años diciéndole que ha llegado la hora de colgar el casco. No sería la primera vez que dan por amortizada su carrera. El pionero fue el periodista Nacho Lewin que solicitó al resto de pilotos que arrimaran el hombro en un homenaje al Nani después de que sufriera un grave accidente en Checoslovaquia en 1979. Nieto también se acuerda de aquel percance: «Cuando vino a España le habían escayolado mal, la cosa se complicó y le tuvieron que operar a vida a muerte… La dureza de este pavo ha sido acojonante».

 

Sin embargo, 36 años después de aquel segundo tropezón, El Nani todavía se niega a aceptar los honores de la retirada, quizá porque ha visto pasar el último tren tantas veces que, sin necesidad de haber leído a Fernando de Rojas, cree que no hay piloto tan joven que no pueda morir mañana ni tan viejo que no pueda correr un día más.

Robert M. Pirsig escribió que una de las diferencias principales entre un coche y una moto es que, mientras un conductor de un coche puede limitarse a ser un mero espectador debajo de la lluvia, el piloto de una motocicleta no tiene más remedio que fundirse con la tempestad. El Nani era tan veloz cuando el agua hacía acto de presencia que la gente del barrio le bautizó como El Ranita. Sin embargo, El Nani también tuvo una relación complicada con las tormentas. Y es que, aunque algunos de sus mejores resultados -un octavo puesto en el GP de Italia- fueron con la pista mojada, el mismo elemento que le daba alas estuvo a punto de acabar con su participación en el Mundial cuando una tromba inundó el garaje de Vallecas donde guardaba los repuestos de su moto.

Hoy el garaje San Antonio es un sótano mugriento donde ya no queda rastro del paso del agua porque el Trompa no ha vuelto a limpiarlo desde que TVE lo escogió como el escenario de un programa en el que Ángel Nieto regresaba al barrio de su infancia. Es en este refugio donde el Nani y El Trompa -Carlos San Antonio, otro histórico piloto vallecano- se aplican a fondo en desguazar y volver a montar los motores de su época gloriosa. Algunas mañanas el estruendo atrae a aficionados nostálgicos que se dejan caer por la madriguera para llevárselos al bar de la esquina y asediarles a preguntas sobre aquellos campeonatos.

-¿Cómo te llevabas con El Pollero?-, dice el aficionado de hoy.

El Pollero -por la profesión de sus padres- es Ángel Nieto. Ambos se conocen desde que eran imberbes. Al principio su rivalidad tan sólo se dirimía en duelos a golpe de bicicleta pero pronto pasaron a batirse con motos trucadas en carreras clandestinas en la Cuesta de la Vega. Para entonces el barrio se les estaba haciendo pequeño y, en los 60, si alguien quería ser algo en el motociclismo tenía que emigrar a Barcelona.

Los pilotos novatos se iban de casa a lomos de la moto con la que competían y aprovechaban el viento de la carretera a Cataluña para que se secara el acné.Una vez allí eran el último escalón de la industria del motor, llena de adolescentes con ganas de triunfar y de empresarios con ganas de explotarlos. Nieto barría por las mañanas la fábrica de Bultaco y dormía en una frutería. El Nani empezó de ayudante en el taller de los Grau, pero se aburrió pronto de ser un comparsa y dejó el oficio para repartir fotocopias de planos a domicilio. «En esa época nos miraban raro, hay que tener en cuenta que vernos salir por las carreteras con esas pintas, sin faro, escape libre, la moto preparada para las carreras, era para pensárselo», dice.

Sin embargo, poco a poco, su deporte fue ganando popularidad y El Nani y Nieto llamaron por fin la atención de las marcas. Fue entonces cuando llegó el accidente de Calatayud y las carreras de los dos pilotos vallecanos se separaron:«Muchas veces pienso que él ha sido la cara contraria de mi moneda», dice Nieto y parece verdad. Si Nieto tenía motos oficiales de fábrica, El Nani se hacía sus propias piezas en un taller que llamaban El Quemahierros; si uno era el niño mimado de la Federación, el otro perdía la licencia varios años por estar enfrentado a sus directivos; si El Nani estaba a punto de dejarse la vida en Brno, ese mismo año Nieto ganaba el Mundial en 125cc. El día y la noche. El Nani y el Nieto.

 

-¿Y no te desmoralizaba no ganar nunca?- pregunta de nuevo el aficionado.

-Pero vamos a ver -advierte El Nani, que fue subcampeón de España en 125 cc, en 250, de resistencia, de superbikes y de la Fórmula 1430 y de la 1800 en la categoría de coches los años que no pudo correr en motos-. Que ser segundo en mis condiciones era ser el mejor de todos.

Después se va a comer a un restaurante asturiano cuyo dueño le ayudó a financiar su último asalto al récord. De camino, algunos vecinos lo saludan. Hace décadas en las calles de Vallecas no era difícil encontrarse con varios pilotos del mundial. El Nani no parpadea cuando confiesa que podría haber muerto varias veces en carrera, pero ni siquiera la omnipresencia de la muerte en aquellos años salvajes les hizo dar marcha atrás. Eran años libres de pesares, en los que daba igual el bloque comunista u occidental, el norte o sur, tierra o mar porque llegaban a todas partes con la ayuda de un precario lenguaje de signos y su jeta vallecana. A Nieto, que compartió algún viaje con ellos, le sigue sorprendiendo lo que eran capaces de hacer: «Se iban con una furgoneta de Madrid a Finlandia, sin un duro, con la moto metida en la furgoneta y jugándose la vida sin saber si iban siquiera a poder competir. Eran como Marlon Brando, habían nacido para esto».

-Era una sensación de libertad total, cuando los demás se quedaban aquí, currando el fin de semana, nosotros éramos unos tíos libres de verdad- añora El Nani.

Sin embargo, a las puertas de la treintena, gastar dinero dejó de ser divertido para muchos pilotos y, cuando la vida se puso seria, algunos aparcaron la moto de carreras en un rincón. En 1981, Carlos San Antonio comunicó a su familia que había decidido dejar de correr el Mundial y que se volvía al taller. Ese mismo año, a razón de millón de pesetas por carrera, El Nani gastaba en correr más de lo que ingresaba en un año Laurie Cunningham, el futbolista mejor pagado del Real Madrid.

El Nani oyó que El Trompa se retiraba, pero él estaba demasiado enganchado para dejarlo. Tenía buen ritmo, era el actual subcampeón de España y había hecho mejores resultados que algunos pilotos que corrían para las fábricas:«Venía de puntuar en Argentina, estaba eufórico y Lee, que era mi patrocinador, me dijo que no me aumentaba la ayuda», recuerda con amargura.

El Nani encajó mal la noticia, había pedido una moto nueva y vio como las puertas que se le habían abierto después de tanto tiempo estaban a punto de cerrarse. Un tipo francés que frecuentaba el Menage a Trois, el garito en el que el piloto tenía fijada su oficina nocturna, le propuso un mal negocio y él pensó: «Me cago en diez, qué hago, qué hago y me lancé». El Nani hace un alto en el camino.Cuando está a punto de confesar su episodio más salvaje, se pone melancólico, vierte un chupito de orujo sobre las natillas, lo mezcla todo y luego se come la argamasa como si nunca hubiera sabido disfrutar de las cosas dulces sin echarle un buen chorro de licor amargo.

 

El Nani había metido la pata otras veces, pero nunca tan a fondo como la mañana del 30 de marzo de 1981. Ese día llegó a la sucursal del Banco de Valencia de la Calle Castelló a cara descubierta, utilizó un nueve corto para obligar a los clientes a lanzarse al suelo mientras un empleado le llenaba la saca a su compinche con 3,1 millones de pesetas: «Todo habría salido de maravilla si no llegan a aparecer los policías cuando acabábamos de salir».

Sorprendidos por los agentes, los dos atracadores echaron a correr cada uno en una dirección y, como siempre que se ha tirado una moneda al aire en su vida, le tocó cargar con la cruz. Ángel Nieto lo disculpa: «Todas las locuras que ha hecho, las ha hecho por la moto, son locuras de llevar la gasolina dentro de las venas».

Aquel día, cuando se conoció la identidad del atracador, los periódicos le dedicaron más artículos de los que le habían dedicado en todas sus carreras. Esta vez el epitafio sonaba más convincente porque le cayó una sentencia ejemplar e ingresó en la prisión de Carabanchel, de la que llegó a tener un plan de fuga preparado. El Nani vuelve a hacer otra de sus pausas: «¿A que no sabes quién ha sido el primero en montar una carrera de minimotos en la cárcel? Yo. ¿Y eso quién lo sabe?». Cuando acaba de contarlo, vuelve a callarse y después dispara: «¿Sabes? Cualquier otro necesitaría cuatro vidas para vivir la vida que yo he tenido».

Aquel piloto que fue un dandi vive hoy con su hermana en las mismas calles de su infancia. De vez en cuando, al hombre que ha vivido por y para la velocidad también le sorprende lo rápido que pasa el tiempo: ¿y si me bajo de la moto? ¿Y si todo son señales para que lo deje? ¿Y si hubiera corrido en Monza después de Calatayud y me hubiera matado como Saarinen y Pasolini aquel día? Pero no importa demasiado lo que diga ahora porque El Nani es como aquel motorista de Daniel Sueiro que sabe que «hay que empezar a moverse y a hacer todo el ruido posible para que uno mismo se dé cuenta de que aún está vivo, y también para que todos los otros se den cuenta de que uno no ha muerto». Aquí todos dan por supuesto que, antes de irse de este mundo, volverá a intentar ser el último de su generación en ser el primero. Aunque sólo sea una vez.

 

  • Artículo escrito por Carlos Torres en El Mundo.es
  • Fotos: Baldesca Semper

 

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